Manuel López Mera. 1974.

Mi ida a la Universidad Laboral de Córdoba.

En aquel verano como en todos yo tenía que ayudar a mis padres bien en las faenas de casa: cuidar de los animales, trabajos de agricultura o ayudando a mi padre con la máquina de trillar las cosechas allí en donde eran requeridos sus servicios. Sin embargo, algunas cosas había de diferente en ese verano – verano de 1974 -, y es que un período nuevo estaba a amanecer en mi destinado camino. Se trataba de mi futura escuela en la que continuaría no sé qué estudios.

Por entonces, yo había terminado los estudios de Oficialía Industrial en la rama de mecánica del automóvil en la Escuela de Formación Profesional Las Mercedes, de Lugo y, como había solicitado becas de estudio para diferentes colegios, ahora estaba intrigado para dónde me llevaría el destino. De los alumnos que habíamos terminado, habíamos solicitado beca cuatro de los que mejores notas habíamos conseguido: Manuel, yo, el otro Manuel y uno otro que ya no recuerdo su nombre.

Ayudando a mis padres a recoger la hierba seca, a segar, llevando las vacas a pacer, etc., iba transcurriendo este verano tan especial para mí. Así, transcurrían los días cuando me llegaron varias cartas con la concesión de becas para distintos colegios:  Una, recuerdo, era para la naval de Ferrol, otra para aeronáutica en Madrid; también me vino aprobada para continuar los estudios de maestría en la propia escuela en la que había estudiado el pasado curso. Y, finalmente, me llegó la que más me emocionó, una beca de estudios para la Universidad Laboral de Córdoba, en donde haría el curso de adaptación al Bachiller y así se me abrían las puertas para cualquier carrera que me interesara, ¿medicina, arquitectura, ingeniería?. Las otras dos, para aeronáutica y naval, no me interesaban mucho porque tenía que perder un año creo recordar así que me olvidé de ellas.

Una vez elegida esta última, mis nuevas emociones en torno a las cuales ya viviría los restantes días de aquel diríamos prodigioso verano, se moverían en torno a lo que sería mi próximo año de estudios en la ciudad de la Mezquita. Por cierto, ya en ese mismo verano tuve ocasión de pasar por allí en la excursión que hicimos de fin de Oficialía aunque sólo fue de paso (el destino no había querido que perdiera tiempo en ver una ciudad que tendría luego suficientes momentos para ello).

En la carta, que de Córdoba me había llegado, nos informaban del viaje, que teníamos que llevar todos los recibos de comida, y transporte que tuviéramos hasta llegar a Córdoba. También nos asignaban un número que serviría para marcar toda la ropa, en este caso el mío creo recordar, era el 117. De esto, recuerdo como una tarde en la que fui con las vacas a un prado y me acompañaban mi madre y mi hermana mayor; ellas además de acompañarme, pasaron la tarde marcando camisetas, pañuelos, etc., que luego serían utilizados por mí a unos 1000 kms de donde ahora me encontraba.

Bueno, finalmente, llegó el día de mi largo y esperado viaje. No me preocupaba mucho de lo que dejaba atrás, familia, amigos, lugares, etc., me parecía que mi vida no se correspondía a aquellos lugares y sí al lugar para donde me dirigía. Con mi pequeña maleta y después de despedirme de mi familia, viajé primero en el autobús que me llevaba a la villa y luego cogí otro para la capital. Allí, junto a personas desconocidas, esperé el tren que venía de la Coruña y me llevaría hasta Madrid. Este viaje fue de noche y aunque no recuerdo mucho si sé que apenas dormí pues, anhelaba la llegada a Madrid a donde llegamos a primeras horas de la mañana. El paisaje con pinos diferentes, más pequeños y de copa redonda, casas y edificios nunca vistos, mucho tránsito, etc., fueron las primeras impresiones de la Capital de España. El tren llegó por fin a la Estación del Norte, Príncipe Pío (ahora Centro Comercial).

Rápidamente tenía que trasladarme para la estación de Atocha ya que el tren que iba para Córdoba saldría en cuestión de 2 horas por lo que no tenía tiempo de ver el Retiro, el Museo, la Puerta de Alcalá, etc.; y, especialmente, el Palacio Real que se alzaba allí casi al lado, por donde el taxista me iba llevando, también me llevó por delante del Prado lo que le agradecí y, finalmente, me dejó junto a una de las puertas de la Estación de Atocha. En esta estación y durante el poco tiempo que estuve a la espera de salir, me chocaba la variedad de gente diferente en sus formas de ser y de vestir. De cuántos países diferentes no estarían allí esperando quizás por el mismo tren que yo y quién sabe si no irían muchos de ellos también para Córdoba... El tren que creo iba para Málaga y que nos llevaría a Córdoba, le llamaban el Rápido, era viejo y, recuerdo que en la división en donde iba, también iba una familia de gitanos a los que les olía todo a pies y que luego se bajó antes, posiblemente en Valdepeñas, tal vez iban a la vendimia a ganarse la vida.

Como hacía un calor que yo no estaba acostumbrado, salí al pasillo y como vi a un extranjero abrir la puerta y sentarse a tomar aire del exterior y yo hice lo mismo buscándome otra puerta. De vez en cuando el tren, ciertamente, parecía veloz y alcanzaba una gran velocidad con la cual el aire me refrescaba pero que también me daba sed. También recuerdo la gran cantidad de veces que paraba, muchas de ellas para dejarles paso a otros trenes como el TALGO. Pasamos por lugares que me sonaban mucho como Aranjuez, Bailén. En varias ocasiones vi por las ventanas aquellos famosos molinos de los que había oído comentar contra los cuales había luchado el Valeroso Quijote de la Mancha.

También por el Despeñaperros, qué sierra tan espectacular ahora me venía a la memoria ciertas lecciones de la escuela de política  y de geografía...
Finalmente, llegamos a Córdoba en donde después de dejar la Estación me dirigí para la Plaza de Colón en donde me indicaba la carta que estaría algún autobús de la Laboral en espera nuestra. Córdoba tendría mucho tiempo para conocerla y llegar a la Universidad Laboral era lo que más deseaba. Allí estaba un autobús diferente a todos los conocidos hasta ahora y que luego sería muy familiar, pero en este caso de mi futura casa, de la Laboral de Córdoba, también estaban a la espera futuros compañeros laborales por lo que ya parecía que el sueño se iba haciendo una realidad.

Y, finalmente, llegamos a las dependencias de mis futuros 6 años. Lo primero, todo un jardín de rosas de diferentes colores con su fuente en el centro, luego el hermoso y respetuoso Paraninfo en donde después de entrar nos indicaron nuestro camino a seguir a cada uno de nosotros. A mí, me dijeron de seguir el pasillo de frente hasta el 2º Colegio, llamado San Alberto. Allí me dirigí aún con cierta desconfianza de sí sería allí en donde tendría un lugar reservado para mi presencia.

Y, ciertamente que no había lugar a dudas, en el tablón de anuncios estaba mi nombre, tal como el Padre Zabalza creo recordar, me indicó que, junto a otros 6 más iríamos a ocupar la habitación del fondo poniente del primer piso. Ahora sí ya tenía certeza de que todo era real y una vida nueva me esperaba quién sabe lo que aún me aguardaba..., todo tan bonito...

Bueno, como llegué de los primeros a la habitación, tuve la oportunidad de escoger la cama que mejor me convenía y, así escogí la primera entrando de frente, todos los que iría a conocer y con los que compartiría la habitación durante todo el curso, los tenía a un lado.

Como aún era media tarde y hasta las 8 y media no teníamos la cena, pues salí a conocer el lugar y, claro como posiblemente, casi todos, los jardines del Paraninfo era algo muy especial para terminar de conocer, allí a un lado también estaba la bella y grande iglesia levantándose al lado su majestuosa torre y fue allí en donde me encontré con dos de mis compañeros del colegio de mi tierra del que ya me había olvidado. Con ellos seguí paseando descubriendo también el Teatro Romano y compartimos juntos nuestros primeros momentos de alegría ya con cierta brisa árabe.

Pronto dejaría a mis colegas, también galeguiños, para descubrir a los próximos de habitación. Aquí ya no había mas gallegos que yo, uno de Salamanca, otro de Canarias, uno de Madrid y tres de Andalucía, de Córdoba era José López con quien buena amistad tuve, y de Cádiz los otros dos a quienes muy difícilmente entendía. Uno decía: utede me entendei?... y el otro: qué has dicho quillo?, ¡.. a mi me pica todo!,

Que bonito era todo, que agradecido estaba a Dios por todo lo que estaba recibiendo. ¿Sería merecedor de todo aquello?. Mis padres difícilmente conseguían dinero para estudiar a cinco de sus siete hijos y ahora yo lo tenía todo... Qué más podía pedir. Así empecé pensando una vez que uno de los nuevos compañeros apagó la luz para pasar la primera noche en mi futura nueva cama. Anteriormente, ya habíamos ido en grupo a uno de los grandes comedores a cenar y, después de que nos avisaran por los altavoces con una agradable música que ya eran horas de ir para los comedores.

Tan sólo se ocuparon unas pocas mesas de a frente, en una de ellas nos sentamos seis compañeros y muy democráticamente nos repartimos la comida que venía en la bandeja. Seguro que no estaba mal.. Finalmente, ya en cama, sin ruidos de coches, tan sólo se escuchaban unas suaves y controladas respiraciones de mis colegas de habitación, me sumí en los brazos de mi divino Morfeo preguntándome si lo que había vivido durante el día sería mas real que el sueño en el que iría a entrar y si el día siguiente despertaría en Córdoba o en mi querida Galicia...

Bueno, ya pasaron muchos años y, ahora en la distancia, y después de haberme reencontrado con algunos compañeros de entonces, me parece que todo esto aún sucedió ayer.

GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS A TODOS...

Manuel López

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