Quiero comenzar estas palabras agradeciendo a la comisión organizadora de los actos del cincuentenario de la fundación de la Universidad Laboral de Córdoba que hayan pensado en mí para intervenir en este acto en nombre de sus profesores, maestros de taller y profesores de actividades. Al mismo tiempo que expreso mi agradecimiento y mi emoción, me siento ante vosotros con la enorme responsabilidad de hablar en nombre de hombres y mujeres excepcionales que dedicaron buena parte de sus vidas a la noble tarea de enseñar y educar a los miles de jóvenes que pasaron por las aulas, por los talleres y por las residencias de la antigua Universidad Laboral de Córdoba. La Universidad Laboral de Córdoba forma parte de la historia de una ciudad que, a principios de los años cincuenta, se congratuló cuando supo que iba a albergar una de esas novedosas instituciones que venía a llenar el vacío de la formación profesional española y a cubrir las necesidades educativas de las capas más humildes de la sociedad. Una ciudad que la empezó a sentir como propia desde que se inauguraran sus instalaciones un 6 de noviembre de 1956. Una ciudad, en definitiva, que fiel a su memoria todavía sigue denominando a este recinto “la laboral”. Las universidades laborales han sido unas instituciones marcadas por una serie de tópicos y lugares comunes que no siempre han reflejado cuál fue su realidad. Una tesis doctoral del profesor Zafrilla –antiguo profesor de estos centros- ha analizado con profundidad y con rigor lo que fueron desmontando esos tópicos que se crearon a su alrededor. Es verdad que nacieron en un contexto histórico determinado y que inicialmente respondieron a lo que se enfatizaba en ese contexto. Pero no es menos verdad que fueron capaces de evolucionar sin perder las señas de identidad que la caracterizaron desde el principio. Nacieron para cumplir elevados objetivos sociales y nunca dejaron de hacerlo. Llamaron la atención por la magnificencia de sus edificaciones y la amplitud de sus recursos. Pero, al mismo tiempo y sin que a lo mejor esto trascendiera más allá de sus límites, desarrollaron una formación de vanguardia. En sus primeros planes de estudios se procuró completar la formación profesional con una formación humana integral. Si importante era lo que se aprendía en los talleres no lo eran menos las lecciones de música o las prácticas deportivas en las que esta universidad laboral fue siempre puntera. Y aquí el profesorado fue un elemento decisivo. A ese profesorado se le formó en institutos de técnicas educativas cuando los CEPs de hoy no existían, se le capacitó en una formación continua y se le dio la oportunidad de innovar lo que en otras partes apenas se hacía. Aquí, el profesor, el maestro de taller y de laboratorio, el profesor de actividades nunca fue un mero funcionario dedicado a cumplir estrictamente unos horarios. Fue alguien identificado con una manera de trabajar, de entender la enseñanza y que se dedicó en cuerpo y alma a la noble tarea de formar y educar a los jóvenes que encontraron en las aulas y talleres y en la convivencia de los internados de la Universidad Laboral el medio para alcanzar unos horizontes de futuro que sin ella no habría conseguido. Podríamos seguir hablando más de todo lo que fueron las Universidades Laborales y sus profesores. Pero creo que vosotros, los antiguos alumnos que hoy llenáis este recinto, no necesitáis más. Lo conocéis de sobra. Por ello voy a concluir, pero no sin hacer antes un recuerdo a aquellos que no pueden estar hoy con nosotros y que nos miran desde lo alto. De aquellos profesores que fueron capaces de transmitiros con claridad, precisión y amor las dificultades de los imperativos kantianos, las complejidades de los cambios históricos o los secretos del álgebra y de la geometría. De los que os enseñaron, para que nunca jamás lo olvidaseis, las tablas del sistema periódico, la formulación orgánica o los misterios de los seres vivos. De los que permitieron que fueseis capaces de dominar los secretos de nuestra lengua y su proyección en las grandes creaciones literarias. De quienes transmutaron en arte los puntos, las rectas y los planos del dibujo lineal. De los que desvelaron lo que esconden la mecánica, los motores y todos los ámbitos de la ciencia y de la técnica. De los que hicieron de la educación física algo más que una tabla de gimnasia y la elevaron hacia sus más altas cotas científicas. De los que os asombraban con su pericia en las prácticas de laboratorio. De los que os permitieron conocer todo lo que se podía saber de un motor de automóvil, de un circuito eléctrico, o del trabajo en torno o en la fresa. De los que hicieron arte de la soldadura y de la forja. De los que compartieron con vosotros horas y horas en los comedores, en los estudios o en las charlas por esos largos pasillos o por esos jardines que florecían en la primavera como vuestros espíritus. Aquellos que nos precedieron tienen aquí nuestro recuerdo y nuestra gratitud. Nada más, queridos amigos. Reitero las gracias a la comisión organizadora, a las autoridades, a la Universidad de Córdoba y a todos vosotros para que hoy se vuelva a sentir, recordando las palabras del Rey Sabio, aquella convivencia maestros y discípulos que fue nuestra Universidad. La Universidad Laboral de Córdoba. Manuel García Parody |